Cuentos goticos
Cuentos goticos »Al acercarme a Roma me sentí agitado por mil emociones. Me negué a ver nada o a hablar con nadie. Mudo en un rincón del carruaje, guardé celosamente mis pensamientos: a veces creyendo a mi acompañante no merecedor de mi atención; otras, aferrándome todavía con obstinación, como una madre, al recuerdo de su perdido hijo, a mi amado país y dudando de todo lo que había oído, de todo lo que esos sacerdotes me habían dicho. Creía que se había formado una conspiración contra mí. Me negué a hablar con aquellos que nos encontramos en el camino, en caso de que su dialecto alterado aplastara mi última esperanza. No visitaría ningún paisaje. La ciudad eterna sobrevivía en toda su gloria. No podía morir, y, aunque estuviera muerta, yo permanecería en silencio hasta que en las ruinas de su Foro expresara mi último lamento… y mis palabras despertarían a los muertos para que me escucharan. “Cicerón, Catón, Pompeyo —si de verdad estabais muertos—, si todo rastro de vuestro camino estaba desgastado, aún flotáis sobre el Foro… despertad, levantaos… ¡dadme la bienvenida!”