Cuentos goticos
Cuentos goticos »El sacerdote en vano se afanó por sacarme de mi ensoñacion. Mi semblante tenía las marcas del dolor, mas no le contesté. Al final exclamó: “¡Mirad, el Tíber!” ¡Hermoso río! Todavía, y para siempre lo harás, empujas tus eternas aguas; tu nombre actuó como un hechizo. Las lágrimas cayeron veloces de mis ojos. Me bajé del carruaje. Corrí a la orilla y, arrodillándome, te ofrecí, sagrados nombres de Júpiter y Pallas, juramentos que hicieron temblar mis labios y que la luz casi abandonara mis ojos: “¡Oh, Júpiter, Júpiter del Capitolio, tú que has contemplado tantos triunfos, que tu templo todavía exista, que las víctimas aún sean conducidas a tus altares! Minerva, protege a tu Roma”. En ese momento de agónica plegaria, el destino de mi país aún parecía no decidido… la espada todavía seguía suspendida. Ay, no podía creer que todo lo que es grande y bueno se hubiera marchado.