Cuentos goticos
Cuentos goticos »En vano mi acompañante trató de sacarme de las riberas del divino río. Me quedé sentado, inamovible, junto a él. Mis ojos no recorrieron el paisaje circundante que había cambiado, sino que quedaron fijos en las aguas o se elevaron al cielo azul y brillante. “¡Estos… éstos, al menos, son los mismos… siempre, siempre los mismos!”, fueron las únicas palabras que musité cuando la caída de mi patria bajo la feroz agonía del fuego se agolpaba en mi mente. El sacerdote intentó tranquilizarme… yo guardé silencio. Al final, la fuerza de la pasión me conquistó, y después de muchas horas de loca contienda dejé que me condujeran al carruaje y, cerrando las cortinas, me abandoné a la meditación cuya amargura sólo se vio disminuida por mi pérdida de fuerza.