Cuentos goticos

Cuentos goticos

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Sus celos jamás descansaban. Su principal ocupación era descubrir que a pesar de la apariencia exterior yo mismo envejecía. Sinceramente, creo que la pobre alma me amaba de verdad en su corazón, pero jamás una mujer tuvo una manera más atormentadora de expresar afecto. Veía arrugas en mi cara y decrepitud en mi andar, mientras que yo marchaba con vigor juvenil, siendo el más joven de entre los jóvenes. Nunca me atreví a dirigirme a otra mujer. En una ocasión, imaginando que la bella del poblado me contemplaba con ojos de aceptación, me compró una peluca gris. Su discurso constante entre sus conocidos era que aunque yo parecía tan joven, mi cuerpo estaba enfermo. Y afirmaba que el peor síntoma era mi aparente salud. Mi juventud era una enfermedad, decía, y que debía estar preparado constantemente, si no para una muerte súbita y terrible, al menos sí para despertar una mañana con el pelo cano y encorvado con todas las marcas de los años avanzados. Sus advertencias se mezclaban con mis interminables especulaciones respecto a mi extraño estado, y adquirí un vivo interés, aunque doloroso, en escuchar todo lo que su rápida inteligencia y excitada imaginación podían decir sobre el tema.





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