Cuentos goticos
Cuentos goticos Al día siguiente nos preparamos en secreto para nuestra partida. Nos vimos obligados a realizar grandes sacrificios pecuniarios… no pudo evitarse. Por último, conseguimos una cantidad suficiente para mantenernos, como mínimo, mientras Bertha viviera; y, sin despedirnos de nadie, abandonamos nuestro país natal para refugiarnos en un lugar remoto de la Francia occidental.
Fue cruel trasladar a la pobre Bertha de su ciudad natal y de sus viejos amigos a un nuevo país, un nuevo idioma y nuevas costumbres. El extraño secreto de mi destino hizo que este traslado fuera insignificante para mí, pero sentí gran compasión por ella, y me alegró ver que encontraba compensación a sus desgracias en una variedad de circunstancias ínfimas y ridículas. Lejos de todos los chismosos, se afanó por reducir la aparente disparidad de nuestras edades con mil artes femeninas: maquillaje, vestidos juveniles y vivacidad de modales. No podía enfadarme: ¿acaso yo mismo no llevaba una máscara? ¿Por qué irritarme con la de ella por tener menos éxito? Me afligió profundamente recordar que ésta era mi Bertha, a quien tanto había amado y a quien había ganado con tanto arrebato: la joven de ojos y cabello oscuros, con sonrisas de encantadora astucia y paso de fauno… esta anciana remilgada, bobalicona y celosa. Debía haber reverenciado sus rizos grises y mejillas marchitas, ¡pero esto! Era mi obra, lo sabía, pero no por ello deploraba menos esta clase de debilidad humana.