Cuentos goticos
Cuentos goticos —Y ahora, Bertha mÃa, ¿denunciarás al amante de tu juventud? No lo harás, lo sé. Pero es demasiado duro, mi pobre esposa, que tú debas sufrir por mi mala suerte y las malditas artes de Cornelius. Te dejaré… tienes suficientes riquezas, y los amigos regresarán con mi ausencia. Me iré… joven como parezco, y fuerte como soy, puedo trabajar y ganarme el sustento entre extraños, desconocido y sin despertar sospechas. Te amé en la juventud; Dios es testigo de que no te abandonarÃa en la vejez, pero tu seguridad y felicidad asà lo requieren.
Cogà la gorra y me dirigà hacia la puerta. Al instante los brazos de Bertha me rodearon el cuello y presionó los labios contra los mÃos.
—No, esposo mÃo, mi Winzy —dijo—. No te irás solo… llévame contigo. Nos iremos de este lugar y, como tú afirmas, entre extraños pasaremos desapercibidos y estaremos seguros. No soy tan vieja como para avergonzarte, mi Winzy, y me atrevo a decir que el hechizo pasará pronto, y, con la bendición de Dios, adquirirás un aspecto mayor, como es lo correcto. No me dejarás.
Devolvà el abrazo con calor.
—No lo haré, mi Bertha. Sólo por tu bien habÃa pensado en algo semejante. Seré tu esposo leal y fiel mientras estés conmigo, y cumpliré con mi deber hacia ti hasta el último momento.