Cuentos goticos

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Nos sentábamos junto a nuestro solitario fuego invernal: el joven de corazón viejo y su vieja esposa. Una vez más Bertha insistió en conocer la verdad; rememoró todo lo que había oído decir acerca de mí, y añadió sus propias observaciones. Me invocó a soltar el hechizo; describió cuánto más hermoso era el cabello cano que mis rizos castaños; habló sobre el respeto y el honor que se ganaban con la edad… cuán preferibles a la poca consideración que se le prestaba a los jóvenes: ¿es que yo imaginaba que los despreciables dones de la juventud y la buena apariencia superaban la desgracia, el odio y el desdén? No, al final se me quemaría como un practicante del arte negro, mientras que ella, a quien no me había dignado comunicarle ni una parte de mi buena fortuna, podría ser lapidada como cómplice mía. Por último, insinuó que debía compartir mi secreto con ella y concederle los mismos beneficios de los que yo disfrutaba, de lo contrario, me denunciaría… Entonces prorrumpió en lágrimas.

Así acosado, consideré mejor contar la verdad. Se la revelé con toda la ternura que fui capaz de mostrar, y sólo hablé de una vida muy larga, no de inmortalidad… representación que, por cierto, coincidía más con mis propias ideas. Cuando finalicé, me levanté y dije:


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