Cuentos goticos
Cuentos goticos Finalmente, nuestra situación se hizo intolerable. Bertha tenía cincuenta años… yo veinte. Con vergüenza, yo había adoptado en cierta medida los hábitos de una edad más avanzada. En el baile ya no me mezclaba con los jóvenes y alegres, sino que mi corazón se unía a ellos mientras contenía los pies, y me convertí en una penosa figura entre los jóvenes de nuestra villa. Pero antes del tiempo que ahora menciono, las cosas se vieron alteradas y nos encontramos universalmente aislados. Se decía que nosotros —al menos yo— habíamos mantenido una relación perversa con alguno de los supuestos amigos de mi antiguo maestro. Sentían pena por la pobre Bertha, pero la abandonaron. A mí se me observó con horror y odio.
¿Qué debía hacer? Nos sentábamos delante del fuego invernal: la pobreza se había hecho sentir, pues nadie compraba los productos de mi granja, y a menudo me había visto obligado a viajar treinta kilómetros hasta algún lugar donde no era conocido para venderlos. Es verdad que habíamos ahorrado algo para un día aciago… y ese día había llegado.