Cuentos goticos

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Seguí manteniendo esa creencia durante muchos años. A veces me invadía un pensamiento… ¿De verdad había estado engañado el alquimista? Sin embargo, mi creencia habitual era que me encontraría con el destino de los hijos de Adán a su debido tiempo… quizá un poco más tarde, pero a una edad natural. No obstante, no cabía duda de que mantenía un aspecto maravillosamente juvenil. Se reían de mí por mi vanidad de consultar el espejo tan a menudo, pero lo consultaba en vano: mi frente permanecía sin arrugas, mis mejillas, mis ojos, toda mi persona continuaba tan impecable como en mi vigésimo cumpleaños.

Me sentí atribulado. Miraba la belleza desvanecida de Bertha… más bien parecía su hijo. Poco a poco nuestros vecinos comenzaron a realizar observaciones similares, y al final descubrí que se me conocía por el nombre del Sabio encantado. La misma Bertha empezó a sentirse inquieta. Se volvió celosa e irritable, y por último empezó a cuestionarme. No teníamos hijos; estábamos solos los dos. Y aunque a medida que envejecía su espíritu vivaz se tornaba un poco malhumorado, y su belleza disminuía tristemente, yo la amaba en mi corazón como la amante que había idolatrado, la esposa que había buscado y ganado con un amor tan perfecto.



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