Cuentos goticos

Cuentos goticos

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Unos pocos días después me reí de mi credulidad. El viejo proverbio de que «uno no es profeta en su propia tierra» era cierto con respecto a mí y a mi difunto maestro. Le amé como hombre y le respeté como sabio, pero despreciaba la noción de que podía dominar los poderes de la oscuridad, y me reí de los temores supersticiosos con que lo contemplaba el vulgo. Era un filósofo sabio, pero no tenía relación alguna con ningún espíritu salvo los de carne y hueso. Su ciencia era, sencillamente, humana; y la ciencia humana, pronto me convencí a mí mismo, jamás sería capaz de conquistar las leyes de la naturaleza, hasta llegar a aprisionar el alma para siempre en su morada carnal. Cornelius había preparado un brebaje que tonificaba el alma —más embriagador que el vino— más dulce y aromático que cualquier fruta: probablemente poseía fuertes poderes medicinales que impartían júbilo al corazón y vigor a las extremidades, pero sus efectos pasarían… ya estaban disminuyendo en mi cuerpo. Yo era afortunado por haber bebido salud y gozo, y quizá larga vida, de manos de mi maestro, pero mi suerte terminaba ahí. La longevidad era bastante diferente de la inmortalidad.





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