Cuentos goticos
Cuentos goticos ¡Pero yo vivía, y viviría para siempre! Eso dijo el desafortunado alquimista, y durante unos días creí sus palabras. Recordé la gloriosa ebriedad que había seguido a la pócima que tomé. Reflexioné en el cambio que había sentido en mi cuerpo… en mi alma. La extraordinaria elasticidad del primero, la vigorosa ligereza de la segunda. Me observé en un espejo y no pude percibir ningún cambio en mis facciones en el periodo de cinco años que había transcurrido. Recordé los colores radiantes y el grato aroma de aquella pócima deliciosa: era valioso el don que concedía. Entonces, ¡yo era inmortal!