Cuentos goticos
Cuentos goticos Mientras tanto, el ejército se puso en marcha, y el conde Eboli sólo consiguió un permiso que le dejó visitar durante unas pocas horas la villa de su futuro suegro con el fin de despedirse de él y de su prometida. La villa se hallaba situada en uno de los Apeninos, al norte de Salerno, y daba sobre la llanura de Calabria, en la que se encuentra emplazada Pesto, de cara al azul Mediterráneo. Un precipicio en un lado, un ruidoso torrente de montaña y una densa arboleda de encinas le añadían belleza a la sublimidad del lugar. El conde Eboli subió por el sendero montañoso con todo el júbilo y la esperanza de la juventud. Su estancia fue breve. Una exhortación y bendición del marqués, una tierna despedida, agraciada con dulces lágrimas, de la hermosa Adalinda, fueron los recuerdos que llevaría con él para inspirarle valor y fe en el peligro y la ausencia. El sol acababa de hundirse detrás de la lejana isla de Istria cuando, besando la mano de la dama, dijo su último adiós, y con pasos lentos y semblante melancólico descendió camino de Nápoles.