Cuentos goticos

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Parecía haber tanta premeditación en el acto que impedía cualquier conjetura; no obstante, debía creer que era prisionero de los austríacos. Mientras así seguía reflexionando en vano, amarraron el bote y lo desembarcaron, y el cambio de atmósfera le hizo darse cuenta de que habían entrado en alguna casa. Con extremado cuidado y celeridad, pero en un absoluto silencio, le desnudaron y le quitaron los dos anillos que llevaba en los dedos y le cubrieron con otras prendas. Después, cuando se marcharon, no le resultó audible ninguna pisada. Pero pronto escuchó el ruido de un único remo y se sintió solo. Yacía tumbado, incapaz de moverse; el único alivio que permitieron sus captores fue el cambio de la mordaza por un tirante pañuelo en la boca. Durante horas permaneció de esa manera, con mente torturada, lleno de cólera, impaciencia y decepción, ora retorciéndose todo lo que podía en su esfuerzo por liberarse, ora quedándose quieto dominado por la desesperación. Le quitaron los mensajes y rápidamente pasó el periodo en el que con su presencia hubiera podido remediar en cierto grado esa fechoría. La mañana llegó, y aunque el resplandor del sol no caía de lleno en sus ojos, lo sintió sobre el cuerpo. A medida que avanzaba el día, el hambre se apoderó de él, pero sumido en el centro de algo más poderoso, al principio desdeñó ese mal menor; sin embargo, hacia el anochecer, a pesar de sí mismo, se convirtió en la sensación predominante. La noche se acercaba, y el temor de que fuera a quedarse e incluso a morir de hambre en esta soledad, en más de una ocasión le recorrió el cuerpo con un escalofrío… cuando unas voces femeninas y la risa de un niño llegaron hasta sus oídos. Percibió que unas personas entraban en la estancia y se le preguntó en su lengua natal, mientras le quitaban el pañuelo de la boca, la causa para su presente situación. Se la atribuyó a los bandidos. Rápidamente le cortaron las ligaduras y le devolvieron la luz a los ojos. Pasó un rato antes de que se restableciera, pero obtuvo refresco con agua que le trajeron del río, y poco a poco recuperó el uso de los sentidos y vio que se hallaba en la cabaña destartalada de un pastor, deshabitada salvo por la campesina y el niño que le habían liberado. Le frotaron los tobillos y las muñecas y el pequeño le ofreció un poco de pan y huevos. Después de comer y de reposar una hora, Ferdinando se sintió lo suficientemente recuperado para resolver la aventura en su mente y determinar qué conducta debía tomar.


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