Cuentos goticos
Cuentos goticos Observó la vestimenta que le habían dado en lugar de las ropas que llevara antes. Era de una clase de lo más humilde y tosca. Sin embargo no había tiempo que perder; tenía la convicción de que el único paso que podía dar era retornar a toda velocidad del cuartel general del ejército napolitano e informar al rey de su desastre y de su pérdida.
Era un camino largo desandar el sendero, dominado su corazón por la indignación y la decepción. Anduvo dolorosamente pero con decisión toda la noche, y a las tres de la madrugada entró en el pueblo donde por entonces se encontraba Gioacchino. Los centinelas le pidieron la contraseña y él pronunció la que Murat le había confiado, y al instante fue hecho prisionero por los soldados. Declaró su nombre y rango y la necesidad que tenía de ver de inmediato al rey. Fue llevado a la caseta de guardia y el oficial al mando oyó sus alegatos con desprecio, diciéndole que el conde Ferdinando Eboli había regresado tres horas antes de ordenar que lo encerraran para ser interrogado por espía. Eboli insistió con voz sonora en que algún impostor había tomado su nombre, y mientras relataba la historia de su captura entró otro oficial que reconoció su persona. Otros individuos relacionados con él se unieron al grupo, y como el impostor sólo había sido visto por el oficial de guardia, su historia ganó credibilidad.