Cuentos goticos
Cuentos goticos Un joven francés de rango superior, que tenía órdenes de ir a ver al rey a primeras horas de la mañana, le llevó a Murat en persona un informe de lo que estaba sucediendo. La historia resultaba tan extraña que el rey mandó llamar al joven conde. Entonces, a pesar de haber visto y creído a su doble unas pocas horas antes, y habiendo recibido un relato de su misión, que había sido ejecutada con lealtad, la aparición del joven le hizo vacilar, y ordenó la presencia de aquel que, como el conde Eboli, había estado ante él unas horas atrás. Mientras Ferdinando se hallaba junto al rey, sus ojos se posaron en un espejo grande y espléndido. Su cabello revuelto, sus ojos inyectados en sangre y su aspecto harapiento negaban su nobleza; no se parecía en nada al magnífico conde Eboli cuando, para su absoluta confusión y asombro, se plantó ante él su doble.
Era perfecto en todos los signos exteriores que denotaban una alta cuna, y tan parecido a aquel al que representaba que habría sido imposible discernir a uno del otro. El mismo pelo castaño caía sobre su frente, los dulces y vivos ojos color avellana eran los mismos, la voz resultaba un eco de la otra. La compostura y dignidad del impostor ganó el voto de los que les rodeaban. Cuando le contaron la extraña aparición de otro conde Eboli, se rió con sincero buen humor y, volviéndose hacia Ferdinando, dijo: