Cuentos goticos
Cuentos goticos —Me honras mucho al elegirme para tu personificación, pero hay dos o tres cosas que me gustan mucho de mà mismo, razón por la que debes perdonar mi renuencia a intercambiarme por ti.
Ferdinando le habrÃa contestado, pero el falso conde, con gran celeridad, se dirigió al rey:
—¿Decidirá Vuestra Majestad entre los dos? No puedo intercambiar palabras con un individuo semejante.
Irritado por el desprecio, Ferdinando demandó permiso para retar al impostor, quien dijo que si el rey y sus camaradas oficiales no consideraban que se degradarÃa a si mismo y deshonrarÃa al ejercito enfrentándose a un vagabundo vulgar, estaba dispuesto a castigarle, incluso a riesgo de su propia vida. Pero el rey, después de unas pocas preguntas más, convencido de que el infeliz noble era el impostor, con términos severos y amenazadores le reprendió por su insolencia, afirmando que sólo a su misericordia debÃa el no ser ejecutado por espÃa, ordenando al instante que le condujeran fuera de las murallas del pueblo con amenazas de recibir un castigo ejemplar si alguna vez se atrevÃa a someter sus imposturas a otro juicio.