Cuentos goticos
Cuentos goticos —Al menos, el Cielo no está sordo —dijo el impostor— al favorecer la justicia de mi causa, pues conoce y admite mi reclamación. Pero pongámosle una tregua a esta inútil discusión. La compasión… el desagrado de ver a alguien tan parecido a mà en tan mala condición… un capricho, quizá, por el que te puedes felicitar, me ha traÃdo hasta aquÃ. Los cerrojos de tu mazmorra están abiertos, aquà tienes una bolsa con oro: cumple una fácil condición y quedas libre.
—¿Y cuál es?
—Firma este documento.
Le dio a Ferdinando un escrito que contenÃa una confesión de los crÃmenes que se le imputaban. La mano del joven culpable tembló al entregárselo; su semblante exhibÃa confusión y los ojos no paraban de moverse inquietos. Ferdinando deseó con una palabra fuerte, potente como el rayo, sonora como el trueno, transmitir su ardiente desdén por la propuesta: pero la expresión es débil, y la calma está más llena de poder que la tormenta. Sin decir una palabra, rompió el papel en dos pedazos y lo arrojó a los pies de su enemigo.