Cuentos goticos
Cuentos goticos Rara vez el falso Eboli visitó a su prometida, pero era un maestro en su arte, y los acontecimientos posteriores demostraron que debió permanecer todo el tiempo disfrazado en la proximidad del castillo. Por varios medios, insospechados en su momento, consiguió que todos los sirvientes de Adalinda fueran sustituidos por criados de él, de modo que, sin ser consciente de sus límites, ella era, de hecho, una prisionera en su propia casa. Resulta imposible decir qué fue lo que primero despertó sus sospechas respecto del engaño al que había sido sometida. Era italiana, con toda la habitual aquiescencia y relajación de sus compatriotas en la rutina corriente de la vida, y con toda su energía y pasión cuando éstas eran despertadas. En el momento en que la duda penetró en su mente, tomó la decisión de averiguarlo: para ello bastaron unas pocas preguntas relativas a las escenas que habían tenido lugar entre el pobre Ferdinando y ella. Las formuló de manera tan súbita y directa que el impostor fue pillado con la guardia baja. Se mostró confundido y tartamudeó en sus réplicas. Sus miradas se encontraron y notó que había sido descubierto, y ella vio que él percibía ahora sus sospechas confirmadas. Una expresión que es particular a un impostor, una mirada que deformó su belleza e invadió su semblante por lo general noble con las horribles líneas de la astucia y el cruel triunfo, terminaron de convencerla de su correcta deducción. «¿Cómo pude haber confundido a este hombre con mi gentil Eboli?», pensó. De nuevo se encontraron sus ojos: la peculiar expresión del impostor la aterró, y abandonó la estancia a toda velocidad.