Cuentos goticos

Cuentos goticos

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Debo apresurarme en los acontecimientos posteriores, pues una narración detallada de ellos llenaría volúmenes enteros. La aseveración que había hecho el usurpador sobre Ferdinando, que estaba casado con Adalinda, era, como todas las demás, falsa. Sin embargo, ya se había fijado el día para su unión, celebración que hubo de postergarse por la enfermedad y posterior muerte del marqués Spina. Durante los primeros meses de luto, Adalinda se retiró a un castillo perteneciente a su padre, y que no se hallaba muy lejos de Arpiño, un pueblo del reino de Nápoles, en el corazón de los Apeninos, a setenta kilómetros de la capital. Antes de partir, el impostor trató de convencerla para que consintiera en realizar un matrimonio íntimo. Probablemente temía que, en el largo intervalo que iba a transcurrir antes de que pudiera asegurarla como suya, la joven descubriera la impostura. Además, había llegado el rumor de que uno de los compañeros de prisión de Ferdinando, un reputado bandido, había escapado, y que el joven conde era su acompañante en la huida. No obstante, Adalinda se negó a acceder a las súplicas de su amado, y se retiró a la soledad con una anciana tía, ciega y sorda, pero excelente dama de compañía.




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