Cuentos goticos
Cuentos goticos La naturaleza compasiva del conde y la condesa les llevó a interesarse por el destino de Ludovico, cuya posterior carrera fue más honorable pero menos afortunada. Gracias a la intervención de su pariente, Gioacchino permitió que ingresara en el ejército, donde se distinguió y obtuvo ascensos. Los hermanos estuvieron juntos en Moscú, y se ayudaron mutuamente durante los horrores de la retirada. En una ocasión, invadido por la somnolencia, un mortal síntoma resultante del frío excesivo, Ferdinando se rezagó de sus camaradas, pero Ludovico, negándose a abandonarle, le arrastró a pesar de la resistencia que ofreció, hasta que, entrando en un poblado, la comida y el fuego le devolvieron la vitalidad y salvó la vida. Otra noche, cuando el viento y el aguanieve se sumaron al espanto de su situación, Ludovico, después de muchos esfuerzos ineficaces, cayó desmayado del caballo. Ferdinando se encontraba a su lado, desmontó y se afanó con todos los medios en su poder para devolverle la circulación a su sangre estancada. Sus camaradas prosiguieron la marcha y el joven conde se quedó solo con su moribundo hermano en el blanco e ilimitado páramo. Ludovico abrió los ojos y lo reconoció. Le apretó la mano y sus labios, al morir, se movieron para musitar una bendición. En ese momento, los sonidos de la aproximación del enemigo sacaron a Ferdinando de la desesperanza a la que su terrible situación le había arrojado. Fue hecho prisionero y, de ese modo, salvó la vida. Cuando Napoleón fue a Elba, él, junto a muchos otros compatriotas, fue liberado y regresó a Nápoles.