Cuentos goticos
Cuentos goticos A menudo declaró que no le debía una lealtad a su nueva protectora igual de sagrada a la que nos unía a nosotros. No obstante, yo seguía siendo demasiado pobre para casarme, y ella se cansó de verse atormentada por mi culpa. Tenía un espíritu altanero pero impaciente, y se encolerizó por los obstáculos que impedían nuestra unión. Ahora nos encontrábamos después de un periodo de ausencia, y ella había estado profundamente molesta mientras yo me encontré lejos; se quejó con amargura y casi me reprochó el ser pobre. Yo me apresuré a responder:
—¡Aunque pobre, soy honesto! ¡Si no, pronto podría ser rico!
Esta exclamación provocó mil preguntas. Temí asustarla contándole la verdad, mas logró sacármela; y entonces, lanzándome una mirada de desdén, dijo:
—¡Dices amarme, pero temes enfrentarte al Diablo por mí!
Protesté que sólo había temido ofenderla, pero ella siguió pensando en la magnitud del premio que recibiría. Así animado, humillado por ella, empujado por el amor y la esperanza, riéndome de mis últimos temores, con pasos rápidos y corazón ligero regresé a aceptar la oferta del alquimista y al instante me instalé en mi puesto.