Cuentos goticos

Cuentos goticos

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Pasó un año. Me convertí en poseedor de una considerable cantidad de dinero. La costumbre había desterrado mis temores. A pesar de la más dolorosa vigilancia, jamás había detectado rastro de un pie satánico, ni el estudioso silencio de nuestra morada se vio perturbado alguna vez por un aullido demoníaco. Aún mantenía mis citas robadas con Bertha, y la Esperanza vivía en mí —Esperanza—, pero no el gozo perfecto, pues Bertha imaginaba que el amor y la seguridad eran enemigos, y su placer era el de dividirlos en mi pecho. Aunque de corazón leal, tenía una naturaleza algo coqueta, y yo era celoso como un turco. Me menospreciaba de mil maneras, aunque jamás reconocía estar equivocada. Me enloquecía de ira, y luego me obligaba a pedirle perdón. A veces manifestaba que yo no era demasiado sumiso, y entonces me contaba alguna historia de un rival, favorito de su protectora. Estaba rodeada por jóvenes vestidos con seda —ricos y despreocupados—, ¿qué posibilidad tenía el humilde aprendiz de Cornelius comparado con ellos?







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