Cuentos goticos

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No era el descontento lo que impidió que Monna Gegia de’Becari se encontrara entre los primeros celebrantes. Miraba con ira lo que ella llamaba su «pierna Gibelina», que la obligaba a permanecer en su silla en un día de semejante triunfo. El sol brillaba con toda su gloria en un cielo despejado, haciendo que los hermosos florentinos se llevaran sus fazioles a los ojos oscuros y se afligieran por la juventud de esos rayos más vivificantes que los del sol. Ese mismo sol proyectaba de lleno su luz en la habitación solitaria de Monna Gegia, y casi extinguía el fuego que había encendido en el centro de la estancia, sobre el cual colgaba el caldero de minestra, la cena de la dama y su márido. Pero ella había abandonado el fuego y se hallaba sentada ante la ventana, sosteniendo el rosario en la mano, mientras que a cada rato miraba por la celosía (desde cinco pisos de altura) hacia la estrecha calle de abajo… mas no pasaba ninguna criatura. Observó la ventana de enfrente: un gato dormía junto a una maceta de heliotropos, pero no se oía o veía a ser humano alguno… todos habían ido a la Piazza del Duomo.






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