Cuentos goticos
Cuentos goticos Monna Gegia era una mujer anciana, y su vestido de coloratio verde mostraba que pertenecÃa a una de las Arti Menori. TenÃa la cabeza cubierta con un pañuelo rojo que, doblado triangularmente, colgaba suelto; sus cabellos grises estaban peinados hacia atrás de su frente alta y arrugada. La vivacidad de los ojos hablaba de la actividad de su mente, y la leve irritabilidad que flotaba alrededor de las comisuras de sus labios podÃa ser provocada por la continua guerra que mantenÃan sus facultades corporales y mentales.
—¡Por San Juan! —exclamó—. DarÃa mi buena cruz por ser uno de ellos, aunque al entregarla apareciera en una festa sin aquello que ninguna festa todavÃa me ha hecho desear… —y mientras hablaba miró con gran complacencia una cruz de oro grande pero fina que llevaba alrededor de su marchito cuello, colgada de una cinta que habÃa sido negra y ahora exhibÃa una tonalidad marrón—. Creo que esta pierna mÃa está hechizada; y bien puede ser que mi esposo Gibelino haya usado las artes negras para impedirme seguir al Caroccio con los mejores de ellos. —Un ligero sonido como de pisadas en la calle interrumpió el soliloquio de la buena mujer—. Quizá sea Monna Lisabetta, o Messer Giani dei Agli, el tejedor, que atravesó en primer lugar el boquete del muro del castillo Pagibonzi cuando fue tomado.