Cuentos goticos
Cuentos goticos Bajó la vista, pero no pudo ver a nadie, y estaba a punto de retornar a sus pensamientos cuando su atención de nuevo se vio atraída por el sonido de pies que subían por la escalera: eran lentos y pesados, pero no dudó de quién era su visitante cuando metió la llave en la cerradura. Se levantó el pestillo y, un momento después, con semblante inseguro y ojos abatidos, entró su esposo.
Era un hombre bajo de más de sesenta años de edad; tenía los hombros anchos y erguidos y las piernas cortas; su pelo lacio, aunque ahora sólo crecía en la nuca, todavía era de un negro carbón; las cejas eran tupidas, los ojos negros y vivos, la faz cetrina y atezada, y sus labios contradecían la severidad de la parte superior de la cara, pues su suave curva indicaba delicadeza de sentimientos, y la sonrisa era inexplicablemente dulce, aunque una barba corta y densa estropeaba de alguna manera la expresión del semblante. Sus ropas consistían en pantalones de cuero y una especie de túnica corta de tosca tela, ceñida a la cintura por una faja de cuero. Llevaba una gorra de tela roja que bajaba hasta los ojos. Sentándose en un banco junto al fuego, emitió un profundo suspiro. Parecía reacio a entablar una conversación, pero Monna Gegia, mirándole con una sonrisa de inefable desdén, tomó la resolución de no dejarle disfrutar de su estado melancólico sin interrupciones.