El último hombre
El último hombre »Oh, que la muerte y el odio sean desterrados de nuestro hogar en la tierra. Que el odio, la tiranía y el miedo no hallen refugio en el corazón humano. Que todos los hombres encuentren un hermano en su prójimo y un nido de reposo en las vastas llanuras de su herencia. Que se seque la fuente de las lágrimas y que los labios no vuelvan a formar expresiones de dolor. Así dormidos bajo el ojo benevolente de los cielos, ¿puede el mal visitarte, oh, tierra? ¿O el dolor mecer en sus tumbas a tus desdichados hijos? Susurremos que no, y que los demonios lo oigan y se regocijen. La decisión es nuestra. Si lo deseamos, nuestra morada se convertirá en paraíso. Pues la voluntad del hombre es omnipotente, esquiva las flechas de la muerte, alivia el lecho de la enfermedad, seca las lágrimas de la agonía. ¿Y qué vale cada ser humano, si no aporta sus fuerzas para ayudar a su prójimo? Mi alma es una chispa menguante, mi naturaleza frágil como una ola tras romper. Pero dedico todo mi intelecto y la fuerza que me queda a una única misión y asumo la tarea, mientras pueda, de llenar de bendiciones a mis congéneres.
Con voz temblorosa, mirando al cielo, las manos entrelazadas, algo encorvado como por el peso excesivo de su emoción, el espíritu de la vida parecía pervivir en su persona, como una llama moribunda, en un altar, parpadea en las brasas de un sacrificio aceptado.