El último hombre

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Tampoco me atrevía a pedirle que recurriera a su influencia para ayudarme a obtener algún puesto honorable, pues en ese caso me hubiera visto obligado a abandonar Windsor. Merodeaba siempre en torno a sus muros, vagaba a la sombra de sus matorrales. Mis únicos compañeros eran mis libros y mis pensamientos amorosos. Estudiaba la sabiduría de los antiguos y contemplaba los muros felices tras los que se hallaba mi amada. Mi mente, sin embargo, seguía ociosa. Yo la llenaba con la poesía de épocas antiguas; estudiaba la metafísica de Platón y de Berkeley; leía las historias de Grecia y Roma, así como la de los periodos anteriores de Inglaterra, y observaba los movimientos de la señora de mi corazón. De noche distinguía su sombra en las paredes de sus aposentos; de día la divisaba en su jardín o montando a caballo en el parque con sus acompañantes habituales. Creía que el encantamiento se rompería si me veían, pero hasta mí llegaba la música de su voz, y me sentía feliz. Ponía su rostro, su belleza y sus inigualables excelencias a todas las heroínas sobre las que leía; a Antígona cuando guiaba a Edipo, ciego, hasta el recinto sagrado de las Euménides, y cuando celebraba el funeral por Polinices; a Miranda en la cueva solitaria de Próspero; a Haidee, en las arenas de la isla jónica. El exceso de devoción pasional me hacía perder el juicio, pero el orgullo, indómito como el juego, formaba parte de mi naturaleza, y me impedía ponerme en evidencia con palabras o miradas.


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