El último hombre

El último hombre

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Lord Raymond se presentó en la cámara con absoluta confianza y maneras seductoras. Una vez el duque de ... y el señor Ryland hubieron concluido sus parlamentos, comenzó su intervención. Sin duda, no la llevaba preparada y al principio vaciló, deteniéndose para meditar sus ideas y escoger las expresiones que consideraba más adecuadas. Gradualmente adquirió soltura. Sus palabras brotaban con fluidez, llenas de vigor, y su voz ganaba en persuasión. Se refirió a su vida pasada, a sus éxitos en Grecia, al favor de que había gozado en su país. ¿Por qué había de perderlo, ahora que los años transcurridos, la prudencia acumulada y los votos que, con su matrimonio, había contraído con su país, lejos de mermar su confianza, no hacían sino aumentarla? Habló del estado de Inglaterra. De las medidas que era necesario adoptar para garantizar su seguridad y potenciar su prosperidad. Trazó un retrato muy vívido de su situación presente. A medida que hablaba, los asistentes enmudecían y seguían sus palabras con absoluta atención. Su elocuencia encadenaba los sentidos de los allí congregados. En cierto modo, él era el hombre adecuado para unir a las diversas facciones. Por su nacimiento complacía a la aristocracia. Y ser el candidato propuesto por Adrian, un hombre íntimamente ligado al partido popular, hacía que muchos, que no se sentían especialmente representados por el duque ni por Ryland, se alinearan con él.


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