El último hombre
El último hombre El debate fue intenso e igualado. Ni Adrian ni yo mismo nos habríamos mostrado más inquietos si nuestro propio éxito hubiera dependido de nuestro esfuerzo. Pero habíamos empujado a nuestro amigo a la empresa, y nos correspondía a nosotros asegurar su triunfo. Idris, que tenía en gran aprecio sus habilidades, se mostraba muy interesada en el desarrollo de los acontecimientos. Y mi pobre hermana, que no se atrevía a esperar nada, y a quien el miedo sumía en un estado lamentable, parecía presa de una inquietud febril.
Transcurrían los días. Planeábamos qué hacer por las noches, que ocupábamos en debates en los que no alcanzábamos conclusión alguna. Por fin llegó el momento crítico: la noche en que el Parlamento, que ya había demorado en exceso la elección, debía decidirse: cuando dieran las doce y llegara el nuevo día, habría de disolverse, según la Constitución, su poder extinto.