El último hombre
El último hombre Convocamos a nuestros partidarios en casa de Raymond. A las cinco y media nos dirigimos al Parlamento. Idris se esforzaba por calmar a Perdita, pero la agitación de la pobre niña era tal que no lograba controlarse. Caminaba de un lado a otro de la sala, contemplaba con ojos desbocados a cualquiera que entrara, imaginando que tal vez le trajera la noticia de su condena. Para hacer justicia a mi dulce hermana, diré que no era por ella por quien agonizaba. Sólo ella sabía la importancia que Raymond otorgaba a su propio éxito. Fingía tanta alegría y esperanza, y las fingía tan bien, que nosotros no adivinábamos las secretas preocupaciones de su mente. A veces un temblor nervioso, una breve disonancia en la voz, o cierta abstracción pasajera revelaban a Perdita la violencia que ejercía contra sí mismo. Pero nosotros, concentrados en nuestros planes, observábamos sólo su risa siempre presta, las bromas que nos dedicaba a la menor ocasión, la marea alta de su buen humor, que parecía no retirarse nunca. Perdita, en cambio, seguía a su lado cuando se retiraba. Ella era testigo del cambio de humor que llegaba tras su hilaridad. Sabía que le costaba dormir, que se mostraba irritable... En una ocasión lo descubrió llorando. Desde entonces, desde que fue testigo de aquel llanto causado por su orgullo herido, un orgullo que sin embargo era incapaz de desterrar, las lágrimas de ella apenas dejaban de asomar a sus ojos. No era de extrañar, entonces, que sus sentimientos hubieran alcanzado aquellos extremos. Al menos yo trataba de explicarme así su estado de agitación. Pero eso no era todo, y el desenlace nos reveló otra causa.