El último hombre
El último hombre Antes de partir nos demoramos un poco para despedirnos de nuestras amadas niñas. Yo albergaba pocas esperanzas de éxito, y rogué a Idris que se ocupara de mi hermana. Al acercarme a Perdita, ella me tomó de la mano y me llevó a otra estancia de la casa. Allí se arrojó en mis brazos y lloró largo rato, amargamente. Yo traté de calmarla. Apelé a su esperanza. Le pregunté qué era aquello tan tremendo que temía, incluso en el caso de que fracasáramos en nuestros planes.
-¡Hermano mío! -exclamó ella-. ¡Protector de mi infancia, mi querido Lionel, mi destino pende de un hilo! Ahora os tengo a todos a mi lado, a ti, compañero de mi infancia, a Adrian, al que quiero como si me unieran a él lazos de sangre. A Idris, hermana de mi corazón, y a su adorado retoño. Esta... esta puede ser la última vez que os tenga a todos conmigo.
Entonces se detuvo de pronto y dijo:
-¿Qué es lo que he dicho? ¡Qué necia y qué falsa soy!
Me miró con ojos desbocados y, serenándose de pronto, se disculpó por lo que definió como palabras sin sentido, diciendo que debía de estar loca pues, mientras Raymond viviera, ella sería feliz. Y acto seguido, aunque no dejaba de sollozar, me aseguró que podía irme tranquilo. Cuando Raymond se despidió de ella apenas le sostuvo la mano y le dedicó una mirada intensa. Ella le respondió sin palabras, asintiendo, comprensiva.