El último hombre
El último hombre El aludido hizo entonces acto de presencia. Yo me hallaba en uno de los escaños más elevados y le vi recorrer el pasillo en dirección al estrado. La discreción natural de su carácter se imponía sobre su alegría por el triunfo. Miró tímidamente a su alrededor. Una tenue neblina parecía velar sus ojos. Adrian, que se hallaba junto a mí, se apresuró a reunirse con él y, saltando entre los bancos, no tardó nada en llegar a su lado. Su presencia animó a nuestro amigo. Y cuando le llegó el turno de hablar y actuar, desvanecidas ya sus vacilaciones, brilló, supremo en su majestad y en su victoria. El anterior Protector le tomó juramento y le impuso la insignia del cargo, en cumplimiento de la ceremonia de traspaso de poderes. El Parlamento quedó disuelto. Los más altos dignatarios del Estado se congregaron alrededor del nuevo gobernante y lo condujeron al palacio del Protectorado. De pronto Adrian se esfumó y, cuando los partidarios de Raymond ya no eran más que unos pocos amigos íntimos, regresó en compañía de Idris, que quería felicitar a su amigo por el éxito obtenido.