El último hombre
El último hombre Entretanto, en la capital todo marchaba bien. Las nuevas elecciones se habían celebrado. El Parlamento se reunía y Raymond vivía ocupado en mil planes de mejora. Se proyectaban canales, acueductos, puentes, edificios estatales, así como varias instalaciones de utilidad pública. Siempre estaba rodeado de proyectistas y proyectos destinados a hacer de Inglaterra escenario de fertilidad y magnificencia. La pobreza iba a ser erradicada. Los hombres se trasladarían de un lugar a otro casi con la misma facilidad que los príncipes Hussein, Alí y Ahmed en Las mil y una noches. El estado físico del hombre pronto dejaría de depender de la benevolencia de los ángeles. La enfermedad sería abolida y de los trabajos se suprimirían las cargas más pesadas. Nada de todo ello parecía extravagante. Las artes de la vida y los descubrimientos de la ciencia, habían aumentado en una proporción que hacía imprevisible todo cálculo. Los alimentos, por así decirlo, brotaban espontáneamente; existían máquinas que suministraban fácilmente todo lo que la población necesitaba. Pero la tendencia al mal sobrevivía y los hombres no eran felices, no porque no pudieran, sino porque no se alzaban para superar los obstáculos que ellos mismos habían creado. Raymond había de inspirarlos con su voluntad benéfica, y el engranaje de la sociedad, una vez sistematizado según reglas precisas, ya nunca sucumbiría al desorden. Para el logro de tales esperanzas había abandonado la ambición que durante tan largo tiempo había alimentado: pasar a los anales de las naciones como un guerrero victorioso. Renunciando a la espada, la paz y sus glorias duraderas se convirtieron en su meta, y el título al que ahora aspiraba era el de benefactor de su país.