El último hombre
El último hombre Entre las obras de arte que promovía se encontraba la construcción de una Galería Nacional dedicada a la escultura y la pintura. Él mismo poseía muchas obras, que planeaba ceder a la República. Y, como el edificio estaba llamado a convertirse en la perla de su Protectorado, se mostraba muy puntilloso en cuanto al diseño de su construcción. Se le presentaron cientos de planes, que rechazaba sin excepción. Llegó a enviar a dibujantes a Italia y Grecia para que realizaran bocetos. Pero como la Galería debía caracterizarse por la originalidad, además de por la perfección de su belleza, durante cierto tiempo sus esfuerzos no hallaron recompensa. Al fin le enviaron un dibujo anónimo, aunque con una dirección de contacto. El diseño resultaba nuevo y elegante, aunque contenía defectos. Tantos que, aunque los trazos eran hermosos y elegantes, resultaba evidente que no era obra de un arquitecto. Raymond lo contempló encantado. Cuanto más le gustaba, más complacido se sentía, a pesar de que a cada inspección los errores se multiplicaban. Escribió a la dirección indicada expresando su deseo de reunirse con el dibujante para proponerle cambios, unos cambios que se le sugerirían en el transcurso del encuentro.