El último hombre
El último hombre Su orgullo y su ternura libraban una batalla que acabó en tablas. Aceptaría ver a Raymond porque el destino lo había guiado hasta ella y porque su propia constancia y devoción merecían su amistad. Pero sus derechos respecto a él y el mantenimiento de su independencia, no debían mancharse con la idea del interés ni con la intervención de unos sentimientos complejos basados en las obligaciones pecuniarias, ni con la posición dispar que ocupaban benefactor y beneficiaria. La mente de Evadne mostraba una fortaleza poco común. Era capaz de someter sus necesidades emocionales y sus deseos mentales, y de sufrir frío, hambre y miseria, por no dar la razón a la fortuna en su reñido combate. ¡Ah! ¡Qué lástima que, en la naturaleza humana, semejante muestra de disciplina mental, de desprecio altivo a la naturaleza misma, no se acompañara de excelencia moral! Pero la resolución que le permitía soportar el dolor de las privaciones nacía de la desbordante energía de sus pasiones: y la fortaleza de espíritu de que hacía gala, y que era una de las manifestaciones de aquélla, estaba destinada a destruir incluso a su ídolo, para la preservación de cuyo respeto se entregaría a tal nivel de miseria.