El último hombre

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Su relación continuó. Evadne fue relatando a su amigo los pormenores de su historia, la mancha que su nombre había recibido en Grecia, el peso del pecado a que se había hecho acreedora con la muerte de su esposo. Cuando Raymond se ofreció a limpiar su reputación y a demostrar al mundo entero su sincero patriotismo, ella declaró que era sólo a través de su sufrimiento como esperaba aliviar en algo los embates de su conciencia; que, en su estado mental, por más perturbada que a él le pareciera, la necesidad de entregarse a una ocupación era una medicina saludable. Acabó arrancándole la promesa de que, por espacio de un mes, él se abstendría de hablar a nadie de sus intereses, y ella, por su parte, se comprometió, transcurrido ese tiempo, a plegarse parcialmente a sus deseos. No podía ocultarse a sí misma que cualquier cambio que se produjera la separaría de él. De momento lo veía todos los días. Él nunca le hablaba de su relación con Adrian y Perdita. Para ella él era un meteoro, una estrella solitaria, que a la hora convenida se alzaba en su hemisferio y cuya presencia le aportaba felicidad, y que, aunque se ocultara, no se eclipsaba jamás. Acudía todos los días a su morada de penurias y su presencia la transformaba en un templo impregnado de dulzura, iluminado por la luz del propio cielo. Él participaba de su delirio: «Construyeron un muro entre ellos y el mundo». Fuera revoloteaban mil arpías, el remordimiento y la miseria, aguardando el momento propicio para abalanzarse sobre ella; dentro reinaba una paz como de inocencia, una ceguera despreocupada, una dicha engañosa, una esperanza cuya serena ancla reposaba en aguas plácidas pero inconstantes.


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