El último hombre

El último hombre

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Finalmente los salones empezaron a vaciarse. Burlándose de sus propios deseos, regañaba a los invitados que se ausentaban temprano. Uno a uno, todos acabaron por marcharse, y llegó el momento de estrechar la mano del último.

-¡Qué mano más húmeda y más fría! -le dijo su amigo-. Está demasiado fatigada. Acuéstese pronto.

Perdita esbozó una sonrisa vaga. El último invitado se marchó. El traqueteo del carruaje, que se perdía en la calle, confirmaba que al fin estaba sola. Entonces, como si algún enemigo quisiera darle alcance, como si tuviera alas en los pies, corrió hasta sus aposentos, ordenó a los criados que se retiraran, cerró las puertas y se tendió en el suelo. Mordiéndose los labios para sofocar los gritos, permaneció largo rato presa del buitre de la desesperación, esforzándose por no pensar, pero un remolino de ideas hacía nido en su corazón. Unas ideas, horrendas como furias, crueles como víboras, que pasaban por él tan vertiginosamente que parecían empujarse y herirse unas a otras, transportándola a ella a la locura.




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