El último hombre

El último hombre

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Transcurrido largo rato se puso en pie, ya más entera, no menos triste. Se acercó a un gran espejo y observó su imagen en él reflejada. El vestido etéreo y elegante; las piedras preciosas que adornaban sus cabellos, rodeaban sus brazos y su cuello; sus pequeños pies, revestidos de satén; el tocado, brillante e intrincado; todo aparecía ante su semblante descompuesto y desgraciado como el hermoso marco que abrazara la pintura de una tempestad. «Soy un jarrón -pensó-, un jarrón rebosante de la esencia más amarga del desconsuelo. Adiós, adiós, Perdita, pobre niña. Ya nunca volverás a verte así. El lujo y las riquezas ya no son tuyos. En el exceso de su pobreza envidiarás al mendigo sin techo. Yo, más que él, carezco de hogar. Habito un desierto baldío que, ancho e infinito, no da ni flor ni fruto. En su centro se alza una roca solitaria a la que tú, Perdita, estás encadenada, y ves su extensión temible perderse en la lejanía.»








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