El último hombre
El último hombre Abrió de par en par la ventana que daba al jardín del palacio. La luz libraba un combate con la oscuridad, y unas franjas de oro y rosa pálido teñían el cielo por el este. Solo una estrella titilaba en las profundidades de la atmósfera apenas encendida. El aire de la mañana sopló, fresco, sobre las hojas cubiertas de rocío y penetró en la estancia caldeada. «Todo sigue su curso -pensó Perdita-. Todo avanza, se marchita y muere. Cuando el mediodía termina y el día, fatigado, conduce sus bueyes hasta los establos de poniente, los fuegos del cielo se alzan por oriente y siguen su sendero acostumbrado, ascendiendo y descendiendo por las colinas celestes. Cuando completan su ciclo, la esfera empieza a proyectar por el oeste una sombra incierta: los párpados del día se abren y las aves y las flores, la vegetación desconcertada, la brisa fresca, despiertan. El sol aparece al fin, y en majestuosa procesión asciende hasta el capitolio del cielo. Todo sigue su curso, cambia y muere, excepto la tristeza que siento en mi corazón doliente.