El último hombre

El último hombre

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Nosotros, en nuestro retiro, nos mantuvimos durante largo tiempo ignorantes de su desgracia. Poco después de la fiesta pidió que le mandaran a su hijita, y luego pareció olvidarnos. Adrian observó un cambio en ella durante una visita posterior. Pero no supo concretar su alcance ni adivinar sus causas. Marido y mujer seguían apareciendo juntos en público y vivían bajo el mismo techo. Raymond se mostraba cortés, como siempre, aunque en ocasiones aflorara una altivez repentina o cierta brusquedad en sus maneras, que desconcertó a su buen amigo. Nada parecía nublar su frente, pero una vaga desidia habitaba sus labios y cierta aspereza asomaba a su voz. Perdita era todo amabilidad y atenciones para con su señor, pero apenas hablaba y se mostraba triste. Había adelgazado, se la veía pálida y con frecuencia los ojos se le llenaban de lágrimas. A veces observaba a Raymond como diciéndole: «¿Por qué tiene que ser así?» En otras ocasiones su semblante expresaba: «Seguiré haciendo todo lo que esté en mi mano para hacerte feliz». Pero Adrian leía a ciegas el carácter reflejado en su rostro, y podía equivocarse. Clara siempre la acompañaba, y parecía sentirse más cómoda cuando, en algún rincón apartado, podía sentarse sosteniendo la mano de su hija, callada y solitaria. A pesar de todo, Adrian no fue capaz de adivinar la verdad. Les invitó a visitarlos en Windsor, y ellos prometieron hacerlo durante el mes siguiente.


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