El último hombre
El último hombre Y cuando sus planes magníficos y bien ideados se contrastaron con la estrechez de miras de los políticos que le sucedieron, el periodo de su mandato empezó a recordarse con nostalgia. La constante mención de su nombre, unida a los testimonios honrosos que llenaban las gacetas griegas, mantenían despierto el interés que había despertado. Parecía el hijo predilecto de la fortuna, y su prematura pérdida eclipsó al mundo y dejó al resto de la humanidad huérfana de brillo. La gente se aferraba a la esperanza de que siguiera con vida. Se instó al representante consular en Constantinopla a realizar las averiguaciones pertinentes y, en caso de que pudiera verificarse que no había muerto, exigiera su liberación. Cabía esperar que sus esfuerzos dieran fruto y que, aunque prisionero, blanco de crueldad y odio, pudiera ser rescatado del peligro y devuelto a la felicidad, el poder y el honor que merecía.