El último hombre
El último hombre El efecto que causó la noticia en mi hermana fue asombroso. En ningún momento dio crédito a la historia de su muerte. Resolvió al instante trasladarse a Grecia. Tratamos de razonar con ella, de disuadirla, pero Perdita no consintió que ningún impedimento, ningún retraso, se interpusiera en su decisión. En honor a la verdad debe decirse que si los argumentos y las súplicas logran apartar a alguien de un propósito desesperado cuyos motivos y fin se basan exclusivamente en la intensidad de las emociones, entonces está bien que así sea, pues tal renuncia demuestra que ni el motivo ni el fin eran lo bastante fuertes para resistir los obstáculos que se interpusieran en su consecución. Si, por el contrario, resisten los intentos disuasorios, esa misma terquedad presagia ya el éxito; y se convierte en deber de aquéllos que aman a ese alguien contribuir a allanar los impedimentos que surjan en su camino. Con esos sentimientos actuamos en nuestro pequeño grupo. Comprendiendo que Perdita se mantendría insobornable, nos dedicamos a proporcionarle los mejores medios para alcanzar su propósito. No podía ir sola a un país donde carecía de amigos, donde tal vez, apenas llegara, confirmaría la temible noticia, que sin duda la sumiría en el más hondo de los pesares y los remordimientos. Adrian, cuya salud siempre había sido frágil, se resentía, además, del agravio de su reciente herida. Idris se veía incapaz de abandonarlo en ese estado, y no era adecuado que nos ausentáramos los dos, ni que nos lleváramos a nuestros hijos en un viaje de aquella naturaleza. Finalmente decidí que sólo yo acompañaría a mi hermana. La separación de mi Idris me resultó muy dolorosa, pero la necesidad nos consolaba en cierto modo. La necesidad y la esperanza de salvar a Raymond, de devolverle la felicidad, de devolvérselo a Perdita. No había tiempo que perder. Dos días después de tomada la decisión llegamos a Portsmouth y embarcamos. Era el mes de mayo y no se preveían tormentas. Se nos prometió un viaje próspero. Albergando las más fervientes esperanzas, adentrándonos en el vasto mar, observamos maravillados alejarse las costas de Inglaterra, y en las alas del deseo desplegamos las velas, henchidas de viento, rumbo al sur. Nos impulsaban las olas livianas, y el viejo océano sonreía con el peso del amor y la esperanza puestos a su recaudo; amansando con delicadas caricias sus llanuras tempestuosas, el sendero se allanaba apara nosotros. De día y de noche, el viento de popa impulsaba constante nuestra quilla, y ni galerna rugiente ni arena traidora ni peñasco destructor interpusieron obstáculo alguno entre mi hermana y la tierra en la que iba a entregarse de nuevo a su primer amor, al confesor amado de su corazón, al corazón que latía dentro de su corazón.