El último hombre
El último hombre De pronto oà un grito desgarrado. Una forma pareció alzarse de la tierra, avanzó rápidamente hacia mà y se hundió una vez más en el suelo, más cerca de donde me hallaba. Todo sucedió tan deprisa que me costó tirar de las riendas del caballo para que se detuviera y no pisara al ser que yacÃa allà postrado. Las ropas de aquella persona eran las de un soldado, pero el cuello desnudo y los brazos, asà como los gritos continuos, revelaban que se trataba de una mujer disfrazada. Desmonté para ayudarla mientras ella, entre lamentos, la mano en un costado, resistÃa mi intento de levantarla. Con las prisas del momento habÃa olvidado que me hallaba en Grecia, y en mi lengua natal traté de aliviar sus sufrimientos. Entre terribles gritos de dolor, la agonizante Evadne (pues se trataba de ella), reconoció la lengua de su amado. El dolor y la fiebre causados por la herida habÃan hecho mella en su cordura, y sus exclamaciones y débiles intentos de escapar me movÃan a la compasión. En su delirio desbocado pronunció el nombre de Raymond y me acusó de impedirle reunirse con él, mientras los turcos, con sus temibles instrumentos de tortura, estaban a punto de quitarle la vida. Y entonces, de nuevo, se lamentó tristemente de su sino, de que una mujer, con corazón y sensibilidad femeninas, se hubiera visto arrastrada por un amor desesperado y unas esperanzas vanas a tomar las armas y a padecer unas privaciones masculinas superiores a sus fuerzas, a entregarse al trabajo y al dolor... Mientras balbuceaba, su mano seca y caliente se aferraba a la mÃa y su frente y sus labios ardÃan, encendidos por el fuego que la consumÃa.