El último hombre

El último hombre

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Apenas hube constatado que las llamas menguaban, movido por un impulso irrefrenable, traté de penetrar en la ciudad. Sólo podía hacerlo a pie, pues las ruinas imposibilitaban el avance de los caballos. No conocía el lugar y sus caminos me eran nuevos. Las calles estaban bloqueadas, los edificios derruidos humeaban. Subí a lo alto de un montículo, que me permitió ver una sucesión de otros más. Nada me indicaba dónde podía hallarse el centro de la ciudad ni hacia qué punto podía haberse dirigido Raymond. La lluvia cesó. Las nubes se hundieron en el horizonte. Atardecía ya, y el sol descendía velozmente por poniente. Avancé un poco más, hasta que di con una calle en la que se alineaban casas de madera a medio incendiar, pues la lluvia había sofocado las llamas, pero que afortunadamente se habían librado de la pólvora. Ascendí por ella. Hasta ese momento no había encontrado el menor atisbo de presencia humana. Pero ninguna de las deformes figuras humanas que aparecían ahora ante mí podía pertenecer a Raymond. De modo que apartaba los ojos de ellas, profundamente turbado. Llegué a un espacio abierto con una inmensa montaña de cascotes en su centro, que indicaba que alguna gran mezquita había ocupado parte de su espacio. Esparcidos aquí y allá descubrí objetos de gran valor y lujo calcinados, destruidos, pero que en ciertas partes mostraban lo que habían sido: joyas, ristras de perlas, ropajes bordados, pieles raras, tapices brillantes, ornamentos orientales, que parecían haberse dispuesto en forma de pira para su destrucción, una destrucción que la lluvia había interrumpido.


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