El último hombre
El último hombre Pasé horas vagando por aquel escenario desolado en busca de Raymond. En ocasiones topaba con tal acumulación de escombros que debía retroceder. Los fuegos que todavía ardían me asfixiaban. El sol se puso y el aire adquirió un aspecto turbio. La estrella vespertina ya no brillaba en soledad. El resplandor de las llamas atestiguaba el avance de la destrucción, y en aquel interregno de luz y oscuridad, las ruinas que me rodeaban adquirían proporciones gigantescas y formas temibles. Me abandoné unos instantes a la fuerza creativa de la imaginación, y ésta, transitoriamente, me alivió con las ficciones sublimes que me presentaba. Los latidos de mi corazón me devolvieron a la cruda realidad. «¿Dónde, en este desierto de muerte, te encuentras, Raymond, ornamento de Inglaterra, libertador de Grecia, héroe de una historia no escrita”?35¿Dónde, en este caos en llamas, se esparcen tus nobles reliquias?» Pronuncié su nombre a voces; a través de la oscuridad de la noche, sobre las ruinas humeantes de la Constantinopla conquistada, se escuchó su nombre. Pero nadie me respondió, pues hasta el eco había enmudecido.