El último hombre
El último hombre El cansancio se apoderó de mí. La soledad abatía mi espíritu. El aire denso, impregnado de polvo, el calor y el humo de los palacios incendiados, entumecían mis miembros. De pronto sentí hambre. La excitación que hasta entonces me había mantenido en alerta desapareció. Como un edificio que pierde sus apoyos y cuyos cimientos oscilan, y se tambalea y cae, así, cuando el entusiasmo me abandonó, también lo hizo mi fuerza. Me senté sobre el único peldaño en pie de un edificio que, a pesar de hallarse en ruinas, seguía mostrándose enorme y magnífico. Algunas paredes caídas pero íntegras, que habían escapado a la destrucción de la pólvora, componían combinaciones fantásticas, y una llama brillaba en lo alto de la pila. Durante largo rato el hambre y el sueño libraron su batalla, hasta que las constelaciones aparecieron ante mis ojos un momento y luego se esfumaron. Traté de incorporarme, pero mis párpados se cerraron y mis miembros, exhaustos, clamaron reposo. Apoyé la cabeza sobre la piedra entregándome a la agradable sensación de abandono. Y en aquel escenario de desolación, en aquella noche desesperada, me dormí.