El último hombre
El último hombre -Calla -me susurró, poniéndose en pie-. Clara se ha dormido después de mucho llorar. No debemos molestarla.
Se sentó entonces en la misma otomana en la que la había dejado al amanecer, con la cabeza apoyada en el pecho de su Raymond. No me atrevía a acercarme a ella y tomé asiento en una esquina alejada, observando sus gestos bruscos y alterados.
-¿Dónde está? -me preguntó finalmente, sin preámbulos-. ¡Oh! No temas... No temas que albergue la menor esperanza. Pero dime, ¿lo has encontrado? Sostenerlo una vez más en mis brazos, verlo una vez más, aunque esté cambiado, es todo lo que deseo. Aunque Constantinopla entera se amontone sobre él como una tumba, debo hallarlo. Después nos cubriremos los dos con el peso de la ciudad, una montaña apilada sobre nosotros. No me importa, mientras el mismo sepulcro guarde a Raymond y a Perdita. -Sollozó, acercándose a mí, y me abrazó-. Llévame junto a él, Lionel. Eres malo. ¿Por qué me retienes aquí? Yo sola no puedo encontrarlo. Pero tú sabes dónde yace. Llévame hasta allí.