El último hombre
El último hombre La posición de las estrellas era mi única guía. Me alejé de la horrible ruina de la Ciudad Dorada, y tras grandes esfuerzos, logré dejar atrás sus murallas. Junto a ellas encontré una compañía de soldados. A uno de ellos le pedí prestado su caballo y me apresté a reunirme con mi hermana. Durante aquel breve intervalo, el aspecto de la llanura había cambiado. El campamento aparecía desmantelado y los restos del ejército en desbandada formaban pequeños grupos aquí y allá. Todos los rostros eran sombríos, todos los gestos hablaban de asombro y horror.
Con gran pesar en mi corazón entré en palacio, temeroso de seguir avanzando, de hablar, de mirar. En el centro del salón hallé a Perdita, sentada sobre el suelo de mármol, la cabeza hundida en el pecho, despeinada, las manos entrelazadas, el gesto agónico. Al sentir mi presencia alzó la vista, inquisitiva. Sus ojos, medio iluminados por la esperanza, eran pozos de tristeza. Mis palabras murieron antes de que pudiera articularlas. Sentí que una horrendo rictus curvaba mis labios. Ella comprendió mi gesto y volvió a bajar la cabeza y a entrelazar las manos. Al fin recobré el habla, pero mi voz la aterrorizó. La desdichada muchacha había comprendido mi mirada y no pensaba consentir que el relato de su profunda tristeza fuera modelado y confirmado por unas palabras duras e irrevocable. Y no sólo eso, pues parecía querer distraer mis pensamientos de la cuestión.