El último hombre

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Al llegar, descubrimos que una curiosa historia acaparaba la atención general. Hacía unos días, un barco arrastrado por una tempestad había aparecido frente al puerto. El casco se veía hendido y resquebrajado, las velas desgarradas y, enredadas de cualquier manera, las sogas se habían roto. Avanzaba a la deriva, en dirección a los muelles, pero quedó varado en las arenas de la embocadura. A la mañana siguiente los oficiales de aduanas, junto con un grupo de ociosos, se acercaron a inspeccionarlo. Al parecer, un solo miembro de la tripulación parecía haber arribado a salvo. Había llegado a tierra y, tras dar unos pasos en dirección a la ciudad, vencido por la enfermedad y la muerte inminente, se desplomó sobre la playa inhóspita. Lo encontraron agarrotado, los puños cerrados y apretados contra el pecho. Tenía la piel ennegrecida y el pelo y la barba enmarañados indicaban que había soportado su desgracia por tiempo prolongado. Se rumoreaba que había muerto de peste. Nadie se atrevió a subir al barco y se decía que, de noche, extrañas visiones aparecían en cubierta y colgando de los mástiles y las sogas. El casco no tardó en desmembrarse. Me llevaron al lugar en el que había encallado y vi unos tablones sueltos empujados por las olas. El cuerpo del hombre que había llegado a tierra había sido enterrado a mucha profundidad, bajo la arena. Y nadie supo decirme nada más, salvo que el barco había sido fletado en América y que varios meses antes el Fortunatus había zarpado desde Filadelfia, de donde, a partir de ese momento, no volvieron a recibirse noticias.


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