El último hombre
El último hombre Llevábamos tanto tiempo viviendo en las inmediaciones de Eton que su población de muchachos jóvenes nos era bien conocida. Muchos de ellos habían sido amigos de juegos de Alfred antes de convertirse en compañeros de escuela. Ahora observábamos a aquel grupo de jóvenes con redoblado interés. Distinguíamos las diferencias de carácter entre los chicos y tratábamos de adivinar cómo serían los futuros hombres que se ocultaban en ellos. Nada resulta más encantador, y en nada se regocija más el corazón, que un muchacho libre de espíritu, amable, valiente y generoso. Varios de los alumnos de Eton poseían estas características. Todos se distinguían por su sentido del honor y su capacidad de iniciativa. En algunos, al acercarse a la madurez, aquellas virtudes degeneraban en presunción. Pero los más jóvenes, niños poco mayores que el nuestro, eran notorios por su disposición gallarda y dulce.